
Con esa sensación extraña e inexplicable y sin otra posibilidad de darle respuesta a mis inquietudes hice lo que cualquiera en mi lugar hubiera hecho: busqué un diccionario de la Real Academia Española. Allí, entre «nosotros» y «nostálgico» encontré lo que sentía: nostalgia. Y sí, tal cual, era eso: femenino, «pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos», «tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, añoranza».
Nunca pensé que pudiera experimentar algo que sonaba tan elegante, pero allí estaba yo con mi dicha perdida y mi añoranza. Lo que no decía el pequeño diccionario era en qué lugar se sentía esa pena de verse alejado de la patria los amigos o los deudos. Supuse entonces que sería en el alma, entonces, sin pensarlo dos veces y con el libro en la mano me dirigí a toda prisa hacia la «a» y justo después de allí, (adverbio, «aquel lugar») y antes de almacén (edificio o local donde se depositan géneros de cualquier especie generalmente mercancías) estaba el alma, la primera acepción, de ocho que tiene: «sustancia espiritual e inmortal, capaz de entender, querer y sentir, que informa al cuerpo humano y con él constituye la esencia del hombre» . Bueno, me imaginé que por ahí iba la cosa, pero otra vez el libraco se quedaba corto porque no decía donde podía quedar ese aparato, pero pensé que si sentía tristeza meláncólica originada por el recuerdo de una dicha perdida y que quiza ésta nacía en la sustancia espiritual e inmortal, pues era cuestión de quedarme quieto y vigilante para descubrir dónde me dolía. Sencillo.
Y como sospeché que sería un proceso demorado me acosté en mi cama boca arriba, cerré los ojos y comencé un viaje hacia mi sustancia espiritual e inmortal...
Quizás, especulé, recordar esas cosas que ahora no tenía era la manera más rápida de experimentar el bendito dolor que me diera la información que necesitaba. Entonces, por ejemplo, ya no tenía 20 años, ni la vitalidad de esa edad, me faltaba también la despreocupación de esa época, los amigos, la ropa a la moda y las calles interminables para caminar mascando un chicle globo. No tenía un futuro abierto ni una figura decente, ni los libros por leer ni las aventuras por venir. Efectivo, el dolor se hizo notar, aunque no muy claro inicialmente, se trataba de una leve molestia pero que aún no podía definir de dónde venía, en qué lugar específico se situaba esa palabra que ya tenía localizada en el diccionario.
Estaba cerca. No contaba con un amigo que me escuchara y a quien pudiera decirle que tenía una pena de verme ausente de la patria, los amigos o los deudos, ¡ah caramba! ya hasta me había aprendido la definición del mal que me atormentaba. No tenía a mi hija corriendo inquieta por la casa cuando era pequeña, ni sus abrazos ahora, ni su imagen, durmiendo a mi lado (el dolor se incrementaba), tenía menos dientes, menos sueños, menos fantasías. Bueno, creo que con menos de eso muchos se han suicidado, yo sin embargo seguía vivo y tirado en una cama, con los ojos cerrados intentando hallar el epicentro de mi nostalgia.
Luego de recordar que estaba a mil kilómetros de mi casa, solo, con un calor insoportable y en un ejercicio bastante tonto la verdad, descubrí asombrado que el dolor se hacía más agudo y que curiosamente no venía del pecho o la cabeza donde habría podido jurar que quedaba mi sustancia inmortal, el dolor se situaba justo en el estómago. Sí, ese era el lugar donde generalmente había molestias, «debe ser hambre» me decía entonces.
En un acto de inocente masoquismo seguí indagando a mis recuerdos: no tengo mis babuchas de gorila ni mi taza de monachos, echo de menos mis cobijas, mi cajón desordenado, micama en las mañanas, mis discos de acetato, mi lonchera de Linterna Verde, mi camisa del Ché y los árboles para trepar... Tengo 34 años, una hija, una esposa, una deuda millonaria que jamás podré cubrir, un fiador que me persigue hasta en los sueños, un dolor creciente en mi cabeza, dos arrugas nuevas, dos canas más, una caneca de basura por botar, un deseo de tirarme desde el quinto piso, una decepción de vivir en el primero, tres cuentas de correo electrónico que no traen sino cadenas de amor y paz, cuatro mil trescientos pesos en la billetera, mil lugares a donde nunca quiero ir y cincuenta personas que no pienso volver a saludar. Un panorama alagador para un maleante que me quiera aprovechar para sus más nefastos planes, un busca kamikazes que quizá querrá que le trabaje gratis.
Y fue efectivo. Esa nostalgia estaba rodeada, bueno, por lo menos la había ubicado: Ese dolor intenso y abrasador estaba situado en el estómago: esa «parte ancha del aparato digestivo, situada entre el esófago y el intestino, cuyas paredes segregan el jugo y las enzimas gástricas». Con este descubrimiento me levanté de la cama y la cabeza me dio vueltas, me tomé una cucharada de Milanta para mitigar el ardor de la nostalgia y salí a caminar, solo por una ciudad que no era la mía, pensando que tal vez esa pesadumbre, por más diccionario de la Academia, no tenía que ver con la tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, sino por un cáncer de estómago: «Enfermedad neoplásica con transformación de las células, que proliferan de manera anormal e incontrolada».