
Aquí va un fragmento (el último) de la crónica titulada ¿Qué tiene Villa María?, ganadora en el concurso "Crónicas de mi Barrio" del Instituto Distrital para la Participación y Acción Comunal, Alcaldía Mayor de Bogotá. La escribí pensando en hacer denuncia... y resultó homenaje (o casi).
Justo al frente del parque de Villa María está la iglesia, un edificio siempre en construcción desde hace años. Es un templo pobre, que se levanta lentamente con la exquisitez arquitectónica propia del barrio: con escaleras para un segundo piso inexistente, techo de tejas baratas y transparentes e imágenes desordenadas de santos que han llegado allí por donación, confundidos en diversos estilos, colores y materiales. Allí no se respira lo sagrado, no se siente la presencia mística.
Hasta hace muy poco el templo estrenó puertas y ahora los sermones de cada domingo van destinados a presionar para que las limosnas, rifas y peregrinaciones permitan construir un pedacito más para el Señor. Así se urbaniza, a punta de empanadas y masato que, para seguir con la costumbre, se exhiben en improvisadas mesas a la entrada de la casa de Dios. “Podeis ir en paz” significa “visite nuestra dulcería”. Los feligreses salen en montonera con las sillas que han traído, porque todavía no se han comprado las propias y las que existen son limosnas que, al ver la variedad y estado se sabe que es así.
En esta iglesia sobresale un grupo de hombres y mujeres que uniformados con sacos blancos y rosarios al cuello organizan orgullosamente todo para la eucaristía. Se ven correr por todas partes, angustiados y serios, como si de su diligencia dependiera la paz mundial. Ya en la misa son los que rezan con más fervor, pero también los que menos oído tienen. Entre desesperante y gracioso es verlos cantar e intentar moverse con un ritmo que están a años luz de poseer. Levantan las manos al cielo y aplauden cuando no corresponde mientras cierran los ojos con fuerza. Quizá atormentados por sus pecados.
Pero lo sagrado no se encuentra sólo en la disminuida casa del Señor. Todos los días, el desprevenido y veloz asalariado y la madre que corre con sus hijos al colegio en contra del reloj, se ven acorralados por un regimiento de señoras que con Biblia en mano y largas faldas quieren obligarlos a creer en lo que ellas creen. Cada mañana, frente a la Interdinámica de Drogas y muy cerca del mono de los buñuelos estas “auto enviadas” están prestas a todo movimiento de escape de sus presas que cambian de acera cuando las descubren. A veces, mientas el grupo predicador discute, en círculo, la verdadera interpretación de algún pasaje bíblico, es posible huir, pasar de largo. Una pequeña victoria con la que comienza el día.
De pie, frente a la zona comercial del barrio, es posible observar la vida, las historias entretejidas, generalmente, con la teoría económica de la oferta y la demanda. En medio de carrera 110 un hombre corpulento, barbado y belfo, que viste una camisa azul sin abotonar, le quita las hojas a unas mazorcas y las tira a un lado del andén, donde comienzan a acumularse. Cerca, su camioncito viejo obstaculiza el paso con su cargamento de frutas y verduras que también se encuentran distribuidas en el piso entre canastas, dispuestas en bolsas de mil y de dos mil pesos.
Treinta metros adelante, en un Renault 6 con el baúl abierto se empastan fascículos de El Tiempo; le sigue la señora que vende bocadillos veleños, génovas y queso de cabeza y que es muy asediada por los conductores de los buses. Pasa el viejito con un chaleco amarillo de Cablecentro que de domingo a domingo afilia y desafilia a la televisión por cable aunque sobre una terraza un buen vecino trata de “colgarse” gratis.
Todo el comercio puede centrarse en dos o tres cuadras: el de tipo estacionario lo completa el negrito malhumorado que vende las plantas medicinales y aromáticas y que debería hacerse una infusión de algo para los nervios; la gordita que desde las cinco, de lunes a viernes pone su olla humeante para vender tres envueltos de maíz en mil. Los domingos las enormes ollas son de tamales que mágicamente conservan su calor, aunque si se mira con detenimiento es posible descubrir una diminuta estufa a gasolina que soporta toda la exquisita carga.
El comercio ambulante se complementa con los muchachos que raudos en un triciclo serpentean en medio de los huecos de las calles con una lavadora para alquilar a domicilio; el galerista callejero que vende a crédito pinturas de mal gusto, y aquellos que, también a cuotas, ofrecen los cubre lechos y almohadas “de moda”.
Mientras en las cabinas de servicios telefónicos tres ruidosos atlanticenses se turnan el celular para hablar con la vieja y venderle la idea de que están triunfando y que al final de la semana le consignan 30 mil pesos un hombre pasa raudo en una arcaica monareta con sus dos hijas a bordo, el mono vende otro paquete de buñuelos y pegan en un cuarto piso otro aviso de remate. Todo se mueve en Villa María, se transforma, se eleva con los olores. En este momento se cobra el chance, sale la primera bandeja de roscones en la Vilmar, el alimentador cierra sus puertas y alguien pierde la carrera…
A lo mejor todo esto sea nostalgia cuando para muchos se cumpla el sueño de salir de aquí. Pero quizá sea fácil descubrir que Villa María está en todas partes, representa una forma de vivir tan común, tan repetida y simple como las cinco letras de su nombre.
3 comentarios:
Cesar, he leido sus artículos, y alguna de la información que aparece en internet sobre usted. Recientemente he creado un portal, www.teusaquillo.com este portal es para la comunidad de la loclaidad de teusaquillo en Bogotá, me gustaría que se contactara conmigo, para ver la posibilidad que participe en el fortalecimiento de este proyecto. Gracias. e-mail: info@teusaquillo.com
Hola,
He leído todo lo que pusiste en la red y me parece muy bueno. Por un lado eres muy centrado como periodista pero no puedes negar la vena literaria. Me gustó mucho el relato sobre la nostalgia. Mi correo es Carlos165@hotmail.com
Suerte
Amigo las cosas que narras estan de lo mas chulas, confío en volver por tu blog
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