lunes, febrero 12, 2007

Recorriendo la Candelaria












Cuando pienso en planes para hacer algo diferente, y luego de contemplar una que otra posibilidad: cine, tomar una cerveza, visitar un museo o goterearle el almuerzo a mi mamá, resulto siempre en el barrio la Candelaria de Bogotá. Es un llamado que obliga a mis piernas a recorrer las mismas calles antiguas tantas veces caminadas.


Esta vez resulté en la Antigua Pastelería Francesa, en la calle 9 con primera. Allí, en el patio central de una casona colonial, con una banda sonora de música francesa, en un ambiente “intimista” que llaman los intelectuales degusté un postre (la verdad, fueron 2) y un café, repasé el periódico del día y me sentí lejos de la ciudad; por las ventanas que dan al solar se ven los matorrales que recuerdan la casa de la abuela… y a los 35, en plena crisis, no deja de ser una visión nostálgica.

Pero como no me puedo quedar llorando la triste vida resulté en la calle del Embudo, justo después del Chorro de Quevedo. Allí me atrajo el olor del chunchullo y un letrero que decía “ya conoció la finca, no se quede ahí leyendo, siga conozca”. La entrada es angosta y la obstruye un asador atestado de todo lo que hace daño y que huele tan bien. No es fácil descubrir desde la calle que al fondo hay un gran “salón”. En este se respira la tierrita. Parece ser un patio adaptado para comer, beber y bailar. Está decorado (la palabra aquí es algo pomposa) con letreros escritos a mano sobre todas las paredes: “Las mujeres son tan distraídas que lo miran a uno y se lo dan a otro”, El cura de mi lugar tiene catorce pelotas, doce para divertirse y dos para las devotas” y otros parecidos, de fina poesía popular. Y como popular tiene servicio de rana, orinal (si es mujer reclame la llave), totuma de chicha (la especialidad de la casa), cerveza y picada.

La idea es sentirse como en el pueblo, y sí, algo similar se experimenta. Los clientes son tan disímiles como las piedras que hacen el piso: vendedores, propietarios de puestos en la cercana plaza de mercado, turistas perdidos, estudiantes varados, entusiastas de lo autóctono y uno que otro periodista desgarbado (ver mi perfil).

¿La música? De todo como en botica. Vi a un mechudo engominado, con las uñas pintadas de negro y cadenas de bolsillo a bolsillo bailando a Pastor López y una pareja de 100 años (50 cada uno) moviéndose al ritmo del “perreo”.

No podría recomendar La Finca, pero diría que hay que ir, sin olvidar que“aquí se cobra por adelantado, por eso no se ponga bravo ni alzado, ni tampoco es beneficencia para andar pidiendo fiao y rebajao”.